La inconveniencia del hijo único

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(Dejo aquí un capítulo que, por razones que sería arduo explicar, no se incluyó finalmente en mi último libro: Confesiones de un padre sin vocación)

Que yo era un niño convincente y fantasioso lo demuestra el hecho de que consiguiera meter a dos amigos en el armario de mi habitación. Una vez dentro, retorcí el botón de una camisa para que arrancara el ascensor que nos debía bajar hasta mi laboratorio. Allí, sobre una mesa de operaciones bruñida y plateada, esperaba el cadáver de un extraterrestre.

Lo había encontrado la noche anterior mientras paseaba por las viñas. Rumiaba mis pensamientos en la soledad de los montes, cuando una deflagración iluminó el cielo nocturno. Lo que quiera que fuese, se estrelló en un pinar cercano del que al instante salieron llamas y una columna de humo verdoso. Corrí hacia el lugar del impacto y, entre árboles tronchados y tierra removida, ardía una nave espacial del tamaño de un tractor. Por el cristal roto de la cabina, se adivinaba un alienígena grisáceo, de miembros largos y enjutos. Una ventosa remataba cada uno de los tres dedos de sus tres manos. La cabeza tenía la forma de un huevo invertido.

Comprobé que no tenía pulso; también le di con un palo, para asegurar. Nada. Estaba muerto. Urgía, pues, despiezar el cadáver y analizarlo antes de que empezara a descomponerse. Aunque era un niño por entonces, ya sabía que putrefacción no distingue planetas y su señorío se extiende hasta los confines de la galaxia. Tiré de uno de sus huesudos antebrazos y logré sacarlo providencialmente de la cabina. Unos segundos después, la nave explotó vomitando una gran bola de fuego.

Apoyándolo sobre un olivo, pude contemplarlo mejor. Tenía la facha de un gigantón famélico. Sus ojos, ovalados y del tamaño de una fuente sopera, estaban cerrados plácidamente. La muerte no le había tensado los rasgos, su minúscula boca no se había contraído. Recuerdo, eso sí, que el conjunto del cadáver desprendía un aire de melancolía incierta, sideral; una tristeza comprensiva y hermosa que sería inalcanzable para nosotros los terrícolas.

Cómo habría encontrado la muerte aquella criatura es algo que no sabría responder. Mi principal hipótesis es que, al fallar su nave entrando en nuestro sistema solar, el alienígena encolerizó e intentó accionar los sistemas de emergencia. En vano. Tampoco respondió la fuente alterna de energía. Se iba a pique irremediablemente. ¡Mayday, mayday! Atraído por la atmósfera, entró en nuestro planeta y la gravedad hizo el resto. No diré que conforme, pero resignado cerró sus ojos –negros, lustrosos, opacos– y musitó una plegaria en una lengua gutural e incomprensible. No vio el incendio provocado por la colisión, sino una luz blanca, muy brillante, bienhechora. Luego ya no vería nada.

La manera en que me las arreglé para llevar hasta mi laboratorio aquel gigantesco cadáver es algo que no supieron ni el Escobar ni Luis, mis dos amigos. Entre chaquetones y camisas, aguardaban con cierta ansiedad –quizás también con algo de escepticismo– que el armario descendiera hasta mi laboratorio; laboratorio, les explicaba entretanto, de una vanguardia técnica que muy pocos científicos en el mundo dominaban por aquellas postrimerías del siglo XX.

Tras esperar durante unos minutos, Luis finalmente rezongó y, poniéndome por mentiroso, abrió la puerta. “¿Ves? Nada.”, concluyó triunfante. Pensaba en alguna excusa cuando Eustaquio, que acababa de llegar para hacer de canguro, entró en la habitación. Era un treintañero alto, lechoso, miope y orejudo. Avanzó a tientas porque yo había apagado la luz por eso de facilitar el misterio. Entonces chocó sonoramente contra una silla y, mientras se frotaba la espinilla con vehemencia, gruñó: ¡argh! Luis, menos descreído de lo que él mismo suponía, dio un grito creyendo que era el mismísimo extraterrestre, vuelto a la vida en mi ausencia. El Escobar se contagió y ambos salieron a la carrera tropezando con todos los muebles habidos y por haber, dando, finalmente, un grosero portazo. “Cosas de niños”, expliqué a Eustaquio y con eso bastó. Era un canguro de ley, poco entrometido.

Al día siguiente fui al parque con mi caterva de hermanos. Se unió el Escobar, quien, como hijo único, se apuntaba a todo. Me preguntó con tanta insistencia sobre el desenlace de aquello, que al final, venciendo las reservas propias del asunto, tuve que confesarle que, ante la imposibilidad de reducir al engendro, avisé a la CIA desde una habitación del pánico que tengo para casos así –se entra por el otro armario–. Desde los monitores pude ver cómo llegaba una unidad de las fuerzas especiales y, sin mediar palabra, acribillaban al extraterrestre –pam-pam-pam-pam-pam–. Muerto de una vez por todas, manó de sus heridas un líquido espeso, casi gelatinoso, de un verde nuclear; algún tipo de ácido posiblemente. Protegidos por una escafandra de plástico, los militares tomaban muestras con bastoncillos para los oídos.

– ¿Fueron los de Expediente X?
– Puede ser –reconocí–, pero como iban con la cara tapada, no puedo asegurarlo.

Recibí un rapapolvo de los militares por mi temeridad. El alienígena podría haber huido y evidenciado, a una sociedad que no estaba preparada para verdades de cierto calibre, la existencia de vida inteligente más allá de nuestra agujereada atmósfera. Pese a la gravedad de mi atrevimiento, no me arrestaron a condición de que a nadie, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera bajo tortura, contara lo sucedido. “Así que, como ves, me comprometo seriamente al hacerte partícipe”, le dije con las palabras más adultas que hallé en mi vocabulario. El Escobar, grave, asintió.

Sin darme lugar a oponer resistencia, mi amigo decidió corresponder con otra confesión, aunque de ámbito más doméstico. Como hijo único, estaba hasta la coronilla de su madre; cosa muy usual en quienes no tienen hermanos que parcelen y mitiguen el cuidado que, como un torrente capaz de asolar pueblos y cultivos, sale de la madre en dirección a su prole. En otras palabras, las atenciones maternas, de tan tupidas, le impedían la libre llegada del aire, lo que le tenía de ahogo en ahogo. La solución, a mi entender de niño con laboratorio, era meridiana: tenía que fugarse; yo le acompañaría, porque quién sabe si los rusos ya estaban al tanto de mi descubrimiento.

Escaparse de casa, sin embargo, no es cosa fácil ni determinación que pueda tomarse a la ligera. Salir por la puerta es sólo el primer paso. Para dar el segundo se necesita una cuidadosa preparación tanto marcial como atlética. Con ese fin, rajamos un balón de plástico en dos mitades con la chapa de una litrona. Aunque de un azul chillón, pasaban por cascos de infantería. Mientras los demás niños jugaban en las barras o se deslizaban por el tobogán, nosotros hacíamos lo mismo pero de forma esforzada y sistemática. Si la chiquillería dibujaba perfiles de animales en el albero, nosotros mapeábamos nuestras casas trazando un camino de flechas que empezaba en nuestro dormitorio para morir en la salida. La clave, mentalizaba a mi amigo, era la frialdad y el cálculo: muchos intentos de fuga fracasan porque se acometen en pleno acaloramiento. “También hay que proceder con disimulo”, le advertí al Escobar porque andaba sorteando los setos con tal exaltación, que mi madre podía empezar a sospechar.

El plan era llegar a Sevilla y de ahí al mundo. Al Escobar, niño insular y por tanto puntilloso, le surgieron preguntas sobre el avituallamiento y el dinero. Le tranquilicé asegurando que Unzúe, guardameta por entonces del Sevilla F.C. e íntimo amigo mío por circunstancias que sería penoso detallar, nos acogería de mil amores y me prestaría, sin necesidad de pedírselo, el pecunio para continuar el viaje.

Todo estaba claro y nos despedimos en el parque con el compromiso de poner en marcha la evasión esa misma noche. Trazamos, con especial detenimiento, la estrategia para salir de casa: un ronquido de nuestros padres, un paso; que no había ronquido, no avanzábamos; ronquido fuerte, dos o tres pasos, los que se pudieran pero sin apurar. Así hasta la puerta, que no sería cerrada hasta coincidir con un ronquido bestial, de los que amenazan con quebrar la tráquea. De esta manera lograríamos burlar la astucia de nuestras madres, temibles porque habían demostrado en multitud de ocasiones saber de nosotros antes y mejor que nosotros mismos.

Naturalmente, yo no tenía ninguna intención de escaparme y supuse que el Escobar tampoco. Creí que no sería capaz o que se lo habría tomado medio en broma, pues en ninguna cabeza cabe que, a nuestros ocho y nueve años, pudiéramos emprender un éxodo con el único objetivo de alejarlo del hostigador cariño de su madre. Así que me acosté tranquilo en la litera y tiré del edredón hasta que tapó el tabique de mi nariz.

Antes de irse a la cama, mi padre, José María Contreras, que se llama como yo –o yo como él, que diría él– fue a sacar la basura y recibió el saludo de Antonio, el vecino de enfrente.
– Buenas noches, José María.
– Buenas sean.
– Se ha echado el solano –constató tras examinar la calle.
– Y menos mal, porque tanto viento tenía los olivos agostaítos.
– Una cosa, vecino –dijo Antonio cuando mi padre ya se disponía a cerrar la puerta.
– Dime.
– Sabrás que tienes un niño en el portal, ¿no? Además –añadió–, diría que no es tuyo.
– Ya es casualidad –bromeó mi padre volviéndose.

Más que al propio Escobar, lo que se adivinaba tras el ficus era su enorme mochila. Apuesto a que en su interior tendría todo lo necesario: calzoncillos para aburrir, brújula, linterna, cantimplora, chubasquero y algo de picar por si le daba uno de sus desvanecimientos por falta de azúcar –una de las muchas dolencias que sólo aquejan a los hijos únicos–. A pesar de ir enteramente vestido de negro, estaba claro que lo habían pillado y abandonó su escondrijo. Salió arrastrándose como un caracol, derrengado por el peso de la mochila.

– ¿Qué haces ahí?
– ¿Podría decirle a José María-hijo que baje? –contestó el Escobar ajustándose las gafas con el dedo índice– Es que hemos quedado para escaparnos y le estoy esperando.
– Creo que no está preparado –replicó mi padre con naturalidad–. Cuando lo dejé aún estaba en pijama.
– Vaya…

Barruntándose la traición, el Escobar no pudo evitar que los hombros se le cayeran hasta las rodillas. De no haber tenido huesos, se habría derramado en el portal y nos habría obligado a recogerlo con la fregona y a dar inverosímiles explicaciones a sus padres, quienes recobrarían a su hijo líquido, metido en un bote –contrariedad grande, sobre todo si no se tienen más niños sólidos con los que compensar–. La decepción, puntiaguda como pocas cosas en este mundo, había desinflado a mi pobre amigo. Los sentidos, tan agudizados mientras recorría el camino hasta mi casa –escondiéndose en los portales, optando por las calles más oscuras–, se le habían nublado de repente. Bajando la vista, el Escobar intentó limpiar con el chaleco sus gafas empañadas.
– Si quieres, lo aviso y que termine de prepararse.
– ¡Por favor! –rogó increíblemente esperanzado aún–. Yo lo espero aquí.
– Entra, chiquillo –le exhortó mi padre.
– No quisiera molestar.
– No molestas.

Mi padre dejó al Escobar sentado junto al aparador, al pie de la escalera. Subió y se dirigió a mi cuarto. Como mi ventana daba a la calle y algo había oído, estaba tapado hasta la cabeza y fingía dormir.
– Hijo –me dijo zarandeándome–, que un amigo te espera abajo. Dice que vais escaparos.
Retiró las sábanas y añadió:
– Vístete y coge tus cosas.
– Yo no sé nada –mentí como un bellaco.
Mi amigo no había dejado de mirar fijamente el final de la escalera, pero el que apareció fue mi padre otra vez. Bajó con parsimonia los escalones y, tomando una silla, se sentó enfrente.
– Creo que tu amigo no se va a escapar.
Le dejó unos segundos para que recalibrara su situación
– Puedes seguir tú, aunque yo te aconsejo que vuelvas a tu casa. Yo te llevo.

Accedió porque el plan dependía de mis contactos en las altas esferas del fútbol. Así que, sombrío y resignado al fin, se cuadró su gigantesca mochila. Con todo, el pobre niño incorregible aún miró la escalera una última vez antes de abandonar mi casa.

Cuando el padre del Escobar vio al mío en la moto con su hijo, por poco lo derriba de un guantazo, lo cual demostraba su desesperación y el poco conocimiento que tenía de mi padre. Con ocho niños ya en este mundo y poco predispuesto para la paciencia, el doctor Contreras jamás hubiera secuestrado al niño de nadie; bastante progenie le daba su esposa sin necesidad de ir arrebatando criaturas que no eran suyas.

Según luego se supo, la madre del Escobar, enajenada en cuanto se percató de la ausencia, había roto la vajilla y sufrido un amago de infarto. Mi madre se hubiera comportado de otro modo, y lo sé porque al año siguiente Juan y Joaquín se escaparon, con 5 y 6 años. Los trajo el fontanero a las dos horas. Mi madre, que ni siquiera los había echado en falta, disfrutó del reencuentro sin haber sufrido la pérdida; ventajas que tiene una familia numerosa. En otra ocasión un hombre llamó al timbre: traía un niño. Mi madre lo miró de arriba abajo y aseguró que no era suyo. “Disculpe, señora –se excusó el caballero–, pero tenía que probar”.

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